Frenar a la ultraderecha como higiene democrática
Donald Trump está dando en su segundo mandato la imagen más terrorífica y preocupante de adónde pueden llevarnos las políticas del populismo de extrema derecha, que está creciendo desde hace años. Ya a mediados del primer Gobierno de Trump, en 2018, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt alertaron de los riesgos de las políticas trumpistas y de otros populismos de derechas y de izquierdas en todo el mundo, y mostraron Cómo mueren las democracias desde dentro aunque sus líderes hayan sido elegidos por mecanismos democráticos. El populismo es un caballo de Troya en el seno de nuestras democracias. El problema es que su discurso de confrontación agonística o antagonística de amigo/enemigo, según los casos, ha impregnado toda la política occidental, rompiendo e imposibilitando consensos básicos para la convivencia y la construcción política.
Trump está violando de manera sistemática el Estado de
derecho a nivel
interno con su persecución de los emigrantes ilegales (es palabra que me
cuesta aplicar a las personas), que en muchos casos llevan años viviendo y trabajando
en Estados Unidos. Trump no tiene ningún inconveniente en saltar por encima de
algo tan fundamental en el derecho anglosajón como el habeas corpus,
que existe desde la Carta Magna de 1215, siglos antes de que
formalmente pudiéramos hablar de liberalismo y de democracia liberal. Muchos
emigrantes han sido detenidos y enviados ilegalmente a cárceles del Salvador
sin derecho a un abogado y sin ser puestos a disposición judicial para defenderse.
Las autoridades trumpistas están alentando a los temibles policías del ICE
a vulnerar la inviolabilidad del domicilio para detener a emigrantes, y
ya hemos visto cómo estos policías de camisas pardas emplean sus armas
de forma que recuerda y empeora aun la famosa ley de fugas.
La persecución a los medios de comunicación no afines,
el intento de control de los tribunales, incluyendo el Tribunal Supremo,
y de la Reserva Federal son otros ejemplos de cómo Estados Unidos se
encamina hacia una democracia iliberal o régimen híbrido, en el que, bajo
aparentes formas democráticas con elecciones, se atacan y destruyen pilares
básicos del liberalismo político, fundamento esencial de nuestras
democracias. Muchos confiamos en que la democracia estadounidense pueda resistir
el embate y que el destrozo de la que ha sido la primera democracia del mundo
sea limitado, sobre todo si en las midterm elections se produce un
vuelco y los republicanos pierden el control del Congreso y del Senado y de algunos
Estados importantes. Trump, en cualquier caso, se tiene que ir el 20 de
enero de 2029, dentro de tres años, porque es inviable que se produzcan en
ese tiempo los cambios normativos que le permitieran presentarse a una tercera
reelección. Confiemos en que no lo haga ilegalmente, aunque los estadounidenses
tendrán que estar muy atentos a cualquier movimiento en este sentido.
Recordemos cómo Trump no aceptó el resultado electoral de 2020, sigue sin
aceptarlo, y promovió la ocupación del Capitolio para impedir que Biden ejerciera
el mandato que le habían otorgado las urnas.
A nivel internacional vemos a diario que Trump sólo pone como límite de sus
actuaciones su propia moral, que parece muy laxa y no muy acorde con las
virtudes de nuestro mundo occidental (no matarás, no robarás, etc.), el cual
se ha empeñado en destruir, aunque él insista en que los que lo están
destruyendo son otros, los partidarios de la ideología woke, y
que él es quien, en realidad, lo defiende frente a esa Europa multicultural
que, en sus palabras, está engendrando el germen mortífero contra lo que él
considera el verdadero Occidente, que coincide bastante con el tradicionalismo decadente
de la ideología WASP llevado a un radicalismo religioso como el de su vicepresidente
Vance, en este caso católico, y a políticas que empiezan a sonar demasiado afines
a los acordes del fascismo.
Por mucho que nos pueda satisfacer la detención y
encarcelación de un dictador como Maduro, no podemos ocultar que se ha
hecho no sólo de forma ilegal, vulnerando el derecho internacional, sino
que ni siquiera se ha buscado un paraguas bajo un mandato de la ONU o, al
menos, una justificación más ética. Trump insiste una y otra vez en que lo
importante es que ya controla el petróleo venezolano, para lo que no le ha
importado aliarse con los más crueles chavistas y postergar, por ahora,
a los que ganaron las últimas elecciones a pesar de la manipulación del régimen
bolivariano. Parece que ya no quiere ocupar militarmente Groenlandia,
violando la soberanía de un país aliado, pero habrá que ver porque la cabeza de
este hombre parece una veleta al viento de sus propios intereses cleptocráticos.
El éxito del populismo de extrema derecha se muestra
en las presidencias de Milei en Argentina, Kast en Chile, Orban
en Hungría, que está por ver si renovará una vez más este año, Meloni en
Italia, aunque ha moderado su discurso y sus acciones desde que alcanzó el
poder, por ejemplo su anterior antieuropeísmo, Andrej Babis en la
República Checa, Robert Fico en Eslovaquia con su nacional populismo, y
en el auge electoral de Alternativa por Alemania, que en las elecciones
del año pasado se convirtió en la segunda fuerza política del país con más de
un 20% de los votos, de Marine Le Pen en Francia, que podría alcanzar la
presidencia de Francia, si fuese rehabilitada, o, en su defecto, podría lograrlo
quizá su delfín Jordan Bardella, y los muy buenos resultados del populismo
de derechas en otros países como Suecia, Noruega, Portugal, Países Bajos,
Bélgica, y el crecimiento que dan las encuestas a Nigel Farage en Reino
Unido y a Vox en España, por citar sólo algunos ejemplos. Sin olvidarnos de
los buenísimos resultados de los partidos de ultraderecha y derecha radical
en las últimas elecciones al Parlamento europeo.
Este auge del populismo de extrema derecha en Occidente se
produce en un contexto de polarización política, aunque el populismo
de extrema izquierda parece haber perdido el atractivo y poder que llegó a
tener unos años atrás con partidos que gobernaron como Syriza, Podemos y 5
Stelle, aunque este movimiento italiano es más complejo. Salvo en Francia,
y está por ver si se consolida el buen resultado de la France Insoumise de Mélenchon
en las últimas elecciones, este populismo de izquierdas parece estar de capa
caída y, por ejemplo, no acaba de consolidarse en Alemania ni de conseguir
unos buenos resultados en el Parlamento europeo. En cualquier caso, hay que
estar atentos porque este populismo de extrema izquierda es tan peligroso como
el de extrema derecha, y también habría que frenarlo por higiene democrática.
El populismo no parará si no somos capaces de dar
respuesta a exigencias populares que tienen su razón de ser y a las que los
partidos tradicionales, la socialdemocracia, la democracia cristiana y los
liberales, no han sabido dar soluciones. Estos partidos están muy
disminuidos o a punto de desaparecer en buena parte de Europa. ¿Dónde están
los socialistas italianos o los franceses, dónde la democracia cristiana italiana
o los republicanos franceses? Las preocupaciones populares que alimentan los
populismos tienen mucho que ver con el cambio de mundo que vivimos y con
los miedos que todo cambio produce, por ejemplo, la globalización. Muchos
ciudadanos se sienten perdedores del proceso de globalización económica y
cultural y están desubicados ante la misma. Por eso, instintivamente se acercan
a aquellos discursos populistas que fomentan posiciones antiglobalistas,
bien sean con propuestas contra la emigración o con relatos
nacionalistas contra los procesos económicos que suponen la destrucción del
mundo en que han vivido, por ejemplo la deslocalización industrial o el temor
a la llegada de productos agrícolas de otros países, como vemos ahora con
el acuerdo europeo con Mercosur. El discurso nacional populista, de
derechas y de izquierdas, busca mover los sentimientos de ciudadanos que se
sienten huérfanos en las sociedades complejas que se están construyendo y
que no entienden.
Los dos grandes partidos españoles miran con cierta
displicencia lo que les ha pasado a muchos de sus homólogos europeos, y piensan que a ellos no les va a
pasar lo mismo, pero está por ver y convendría poner sus barbas a remojar.
Estamos en un proceso de reconfiguración completa de los partidos políticos
en respuesta a cambios sociales profundos. Al PSOE de momento le ha salido
bien su alianza con los partidos a su izquierda. Podemos y Sumar tienen unas expectativas
electorales realmente bajas, no así las confluencias, ni Bildu ni siquiera ERC,
pero si el PSOE pierde el Gobierno en las próximas elecciones, sean
cuando sean, y empeora o mantiene sus raquíticos resultados en municipales y
autonómicas, habrá que ver si no entra en un proceso de descomposición
similar al de los socialistas franceses e italianos. Recordemos que Sánchez
obtuvo el peor resultado del PSOE, con 85 diputados en 2018, aunque consiguió resistir
y formar Gobierno con esa fórmula, luego continuada, que
Rubalcaba denominó Frankenstein. Si ahora, cuando sean las generales, estuviera
por debajo de 100 diputados, pero sin posibilidad de formar Gobierno, pienso
que el sanchismo se disolverá como un azucarillo en agua al día siguiente
de las elecciones, porque tampoco hay una ideología ni propuestas potentes
detrás. Una de las referencias de su Gobierno ha sido el feminismo, y ya
vemos en qué ha acabado. Otra referencia fue la lucha contra la corrupción,
y quien la defendió en el Congreso está en la cárcel a la espera de juicio.
Feijóo tampoco debería dejar de mirar a Europa, no vaya a ser que Vox,
representante avanzado del populismo de extrema derecha, le vaya quitando cada
vez mayor trozo de la tarta electoral y se convierta en el partido
hegemónico de la derecha, dé el sorpasso. No parece ahora algo posible,
pero ya hemos visto lo que ha sucedido en otros países europeos. La imitación
del discurso populista de confrontación amigo/enemigo que sigue Ayuso puede dar
buenos resultados en Madrid, pero está por ver que sirva a nivel nacional,
donde otros perfiles como el del propio Feijóo, a veces con dudas y giros, o el
de Juan Manuel Moreno Bonilla pueden tener mayor éxito, y supieron contener a
la extrema derecha en Galicia y Andalucía, aunque ahora las encuestas dan un
crecimiento de Vox en ambos territorios. Feijóo sabe que no puede contar con
el PSOE de Sánchez (insisto, de Sánchez) para frenar a la extrema derecha como
ha sucedido en Alemania. Toda la izquierda española desde las elecciones de
2023 alimenta el discurso de que PP y Vox son lo mismo, como antes otros
pintaban “PSOE y PP, la misma mierda es”, algo que, por cierto, repite todos
los días Abascal, aunque los que pintaban ese eslogan hace años nada tenían que
ver con la extrema derecha, pero los populismos se tocan. En las
elecciones de 2023 este discurso de que PP y VOX son las misma extrema derecha,
el fascismo, simplificando en expresión de muchos líderes de izquierda, tuvo
éxito, y a Sánchez le salió bien la jugada por los pelos, pero está por ver que
lo tenga ahora, parece que no.
Deberíamos hacernos conscientes, después de Trump, si no nos
habíamos dado cuenta antes, del riesgo que supone la extrema derecha populista
a nivel mundial, y también en España. Por higiene democrática, hay que
combatirla, pero no necesariamente con un cordón sanitario, sino con ideas,
denunciando el peligro de su discurso y sus políticas, y, en último término, dificultando
democráticamente que alcancen el poder o tengan capacidad de influencia en el
mismo. El PSOE no parece estar por la labor salvo si eso implica que gobiernen
ellos. Y al PP es difícil pedirle que renuncie a gobernar si la única alternativa
para ello es apoyarse en los votos de Vox. El PP parece haber decidido que
es mejor gobernar con Vox, si no queda otro remedio, y que el ejercicio del
poder los desgaste, como ha ocurrido con Podemos y Sumar, pero la jugada es
temeraria y no tiene por qué salir bien. En vez de imitar el discurso
populista de la extrema derecha, sería mucho mejor combatir sus ideas y ver
a qué nos pueden llevar con el ejemplo de Trump, del que, por cierto, muchos
populistas europeos empiezan a distanciarse, no así Vox.

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