La censura de los tecnoligarcas del algoritmo
El pasado 18
de marzo, X (antes Twitter) me suspendió la cuenta @JaZamoraBonilla. Alega que he
incumplido sus reglas. He reclamado en dos ocasiones y he pedido que me envíen
los tuits en los que supuestamente he traspasado las normas. No he obtenido
respuesta. Ayer 1 de abril a las 22h43, X me comunicó por correo electrónico
que mi cuenta era reactivada, sin darme explicación de por qué había sido suspendida
y volviendo a reiterar de forma genérica el incumplimiento de sus normas, sin
dar ni un dato concreto de si alguno de mis tuits era delictivo, grosero, burdo
o pecaminoso.
En realidad,
X aún no me deja ni enviar post ni me permite recuperar mis seguidores ni ver a
los que yo sigo. Respecto a cuando estaba suspendida (en realidad lo sigue
estando), sólo me deja consultar los tuits que he enviado, lo que no me
permitía hacer desde el 18 de marzo. He recuperado los mensajes del día 17 para
ver si en ellos había algo que justificase la cancelación, y no encuentro nada,
pero quizá tenga una moral excesivamente flexible o conozco algo de derecho. Lo
más grave que dije aquel día fue “Hala Madrid!” y “#Courtois merece el balón de
oro”. Era el partido contra el Manchester City. Intuyo que pueda haber algún
barcelonista o atletista detrás de mi cancelación. Jaja.
En redes, me suelo expresar con prudencia y en el tono académico que corresponde a un profesor de universidad. Soy muy crítico a diestra y siniestra, pero siempre con buenas palabras y dando razones. Nunca recurro al insulto ni a la falta de respeto, aunque sí utilizo mucho la ironía. En dos ocasiones anteriores, no me suspendieron la cuenta pero sí desapareció algún tuit en el que criticaba a Puigdemont y al independentismo catalán. Tras reclamar a X, los tuits fueron recuperados. Un amigo que entiende de estas cosas me contó que cuentas anónimas denuncian tus tuits cuando creen que pueden perjudicar a la causa para la que trabajan a veces como ejércitos de jóvenes propagandistas (creo que Podemos sabe mucho de esto) y otras como algoritmos programados. Así que, mientras X no me dé explicación, lo que pienso es que a alguien no le gusta mi línea, llamémosle, editorial. He sido muy crítico con Trump, con Abascal, con Sánchez, con Ayuso, con Irene Montero, con Puigdemont, con Rufián, con Yolanda Díaz, con el PP, con el PSOE, con ERC, con el PNV, con Sumar, con Vox, con Podemos, etc., etc., así que no es fácil saber si alguno de los incomodados pueda haber promovido mi cancelación.
Esto, que a un modesto profesor de la Complutense le cancelen en redes, no tiene mucha importancia como caso concreto, pero sí como principio general, y me sirve para hacer una reflexión sobre la cancelación o censura en la redes sociales. Debería regularse de forma estricta porque es más arbitraria aún que la censura previa en las dictaduras o que los juicios de la Inquisición; en éstos, el denunciado tenía derecho a tachar testigos si intuía en ellos animadversión. Aquí ni te dan explicaciones ni puedes, en verdad, saber quién te ha denunciado ni por qué, ni defender tus derechos salvo que recurras a la lenta y costosa vía judicial. De esta forma, los tecnoligarcas y los grupos políticos, y de cualquier otro tipo, organizados en redes tienen un enorme y arbitrario poder de cancelación, de censura, que no deberíamos dejar que tuvieran como sociedad libre.
Me dirán que X, Facebook, etc. son empresas privadas y que pueden hacer lo que quieran. Ofrecen un producto y lo coges o lo dejas. Pienso que no. En realidad, incluso aunque no pagues por la cuenta, como es mi caso, eres un cliente que está pagando de forma indirecta por los servicios que prestan y para ello facilitas tus datos, con los que comercializan, y te expones a la publicidad, lo que me parece razonable, pero crea un vínculo contractual que debería ser más claro. Lo haces porque quieres, claro, pero la empresa suministradora de la red debe tener sus obligaciones con el cliente (sé que hay legislación al respecto, incluso europea, que está creando quebraderos de cabeza en la relación de la UE con los USA). En el caso concreto de la cancelación, pienso que sólo un juez podría tomar la decisión de suspender o cancelar una cuenta a petición de la empresa de la red o de terceros. Ya sé que los juzgados están muy saturados y los cargaríamos aún más. Se podría pensar en un sistema de arbitraje rápido. En el fondo, las redes sociales cumplen un servicio público que tiene que estar sometido al derecho y no dejar tanto margen a la arbitrariedad. La empresa propietaria de la red debería avisarte de la posible suspensión de la cuenta e informarte de manera expresa, y no genérica como ha sucedido en mi caso, de por qué considera que has incumplido las normas. Debería darte un plazo para presentar alegaciones, y resolver en función de lo que el expediente mostrase, enviando al juez o al sistema de arbitraje la solicitud de suspensión o cancelación de la cuenta.
Frente a esta arbitrariedad de la cancelación en redes, soy partidario de acabar con el anonimato en las mismas, no tanto en la exposición pública de las cuentas, pues siempre han existido los seudónimos y los heterónimos, sino en que la empresas estén obligadas a conocer de forma fehaciente quién está detrás de cada cuenta por si hubiera que perseguir delitos u otras responsabilidades civiles o administrativas.
Palabra de cancelado, que suena demasiado próxima a encarcelado. No deberíamos volver a los tiempos de la censura ni de la Inquisición.






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