La grieta moral entre dos mundos

 


Hace unas semanas quedamos sorprendidos porque varias decenas de miles de personas, unas 72.000 según cifras oficiales, entraron en Ceuta desde Marruecos de forma irregular. Al día siguiente y en los sucesivos, muchísimas, la inmensa mayoría, más de 65.000 volvieron a Marruecos, por lo que es evidente que el Gobierno marroquí favoreció su entrada en Ceuta como una forma de amenazar a las autoridades españolas y decirles: Podemos entrar cuando queramos, Ceuta (y Melilla) serán marroquíes. Nadie arriesga su vida para volver al día siguiente a la misma situación previa, así que el incentivo para los que entraron y volvieron era claramente otro, seguir las indicaciones del Gobierno marroquí para desestabilizar la situación de Ceuta y Melilla como territorio español. En cualquier caso, el rey de Marruecos y su Gobierno no deberían estar muy orgullosos de su gestión de un país en el que un porcentaje enorme de la población quiere marcharse para buscar un mejor futuro fuera porque no lo encuentra en la tierra en que han nacido.

Tampoco puede sacar pecho el Gobierno español que ha visto cómo las fronteras de su país han sido violadas de forma flagrante sin el menor atisbo de poder contener la invasión. No se trata, claro está, de sacar los tanques contra personas desarmadas, pero Marruecos debería temer las posibles represalias del Gobierno español ante una situación como esta en términos económicos, comerciales, políticos, diplomáticos y, también, militares.

No voy a entrar aquí en la españolidad histórica de Ceuta y Melilla, ni en la posición estratégica que tienen para Europa (y para Estados Unidos, aunque su actual presidente y algunos de los anteriores se hayan dejado camelar por un Estado poco fiable como el marroquí), voy a lo que me parece la cuestión principal: la grieta moral entre dos mundos, en este caso entre las dos orillas del Mediterráneo. Esto es lo que realmente hay que resolver, lo demás son parches que obvian el verdadero problema.

Muchos de los que entraron, los que entran cada día, los que están esperando a entrar, no sólo en Ceuta sino en Canarias, en la Península Ibérica, en Italia, en Grecia, para luego, en muchos casos, seguir su camino hacia el centro y el norte de Europa o, por el otro lado del mundo los que entran en Estados Unidos van buscando una vida mejor. Es una aspiración legítima. Cualquiera de nosotros nos moveríamos en este mismo sentido en una circunstancia igual, sobre todo para intentar que nuestros hijos vivieran mejor, tuvieran una vida más digna y provechosa. El PIB per cápita de Marruecos no llega a 4.000 dólares y el de España supera los 38.000. El PIB per cápita de Argelia es algo superior a los 6.000, pero el de Italia supera los 43.000. El de Níger se queda en 775,4 dólares; el de Malí en 1.993,3; el de Chad en 1.022; el de Mozambique en 696,9. El país más pobre de África es Burundi, con un PIB per cápita que no supera los 233,8. El PIB per cápita de USA supera los 90.000 dólares. El de México se queda en 13.889,2; Guatemala no llega a 6.600; Honduras a 3.600; Nicaragua a 3.300. El más pobre de América es Haití, cuyo PIB per cápita es de 2.694,2. Son cifras del Banco Mundial referidas a 2025.

La frontera entre estos dos mundos no es sólo económica sino también moral. A esta diferencia en el PIB per cápita hay que añadir las enormes desigualdades sociales existentes en el interior de cada país, las inmensas bolsas de pobreza, las guerras en muchos territorios, la violencia, la arbitrariedad institucional, la insuficiencia de servicios de educación y sanitarios, la carencia o precariedad de pensiones de todo tipo, y la vulneración sistemática de los derechos y libertades fundamentales, tanto a nivel personal como de diversas colectividades.

El otro día Meloni y Frederiksen, primeras ministras de Italia y Dinamarca, la primera representante de una derecha populista con orígenes en el fascismo, y la segunda perteneciente a la socialdemocracia, lanzaron un escrito criticando la invasión de Ceuta, la política del Gobierno español frente a este acontecimiento y, en general, su política migratoria –por la reciente regularización– e invocando a los valores de la Europa cristiana para pedir una contención de los flujos migratorios en las fronteras y la expulsión inmediata de las personas que entren ilegalmente. Pienso que Meloni y Frederiksen se olvidaban en su proclama de muchos valores europeos, también cristianos, como los de la solidaridad y el respeto al Estado de derecho, porque los migrantes también tienen derechos aunque hayan entrado irregularmente, sobre todo cuando son menores de edad.

Podemos intentar bunkerizarnos, aunque la historia demuestra que estos movimientos migratorios son imparables, pero por muy altos que sean los muros que construyamos física y legalmente, estos flujos continuarán mientras la desigualdad económica y moral entre estos dos mundos permanezca. Deberíamos coordinar a nivel internacional –y la Unión Europea debería encabezar el proyecto, quizá a través de la ONU– un programa que agrupe e incremente la infinidad de políticas que ya se realizan para contribuir a mejorar la vida de la gente en todo el mundo. Este programa debe priorizar:

1.     Flujos legales de migración.

2.     Inversiones en infraestructuras en los países subdesarrollados.

3.     Inversiones en educación en estos países, fomentando especialmente la formación de las mujeres.

4.     Inversiones en industria, agricultura, energía, etc.

5.     Inversiones en sanidad y salubridad.

Todo esto debe hacerse exigiendo el cumplimiento del respeto a los derechos humanos, a los valores democráticos y a formas productivas que garanticen derechos laborales y bienes que cumplan los estándares europeos. ¿Es una utopía? Puede ser, pero convendría intentarlo a nivel internacional, en vez de seguir con acciones parciales que son insuficientes e insatisfactorias y que no solucionan el problema.

Durante los siglos XIX y XX se luchó por conseguir una mayor igualdad legal, social y económica dentro de cada país, y se obtuvieron grandes logros. En las últimas décadas, desde finales del siglo pasado, la clase media crece a nivel mundial –no entro aquí en el debate sobre su cerrazón de horizontes en el mundo occidental, que es otro problema a abordar desde la crisis de 2007–, crecimiento impulsado por China e India, junto a otros países como Turquía y Brasil. Las clases medias ya son más de 4.000 millones y en 2030 serán entre el 50 y el 65% de la población mundial. El gran reto del siglo XXI es reducir la desigualdad entre países, algo que debe hacerse no sólo en términos macroeconómicos sino con mejoras sustanciales que lleguen al conjunto de la población. Esto es lo que realmente frenará los inmensos flujos migratorios actuales. La corrección de las desigualdades tendrá que hacerse mediante un crecimiento económico más justo. Ni Europa ni Estados Unidos tendrían por qué verse perjudicados en este proceso, sino al contrario, sus poblaciones también se beneficiarían del mismo.

Para concluir, no podemos olvidar que en la respuesta a estos flujos migratorios por parte de Europa y Estados Unidos hay también un temor a la “invasión” de otras culturas. Sin duda es un reto la convivencia entre personas con culturas diferentes en sociedades complejas. Estamos abocados a sociedades pluriétnicas, plurilingüísticas, pluriculturales. Occidente tiene mucho que aprender de otras culturas, pero tampoco debe ir por el mundo con la cabeza gacha entonando el mea culpa, sino que tiene que defender firmemente los valores que estableció la Declaración universal de derechos de la ONU en 1948, ese debe ser el punto de partida. El punto de llegada está abierto y tenemos que ir pensándolo según nuestras sociedades avancen. Hay que crear puentes que permitan cruzar la grieta existente entre los dos mundos.

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