Momento morantista
La autenticidad de la tauromaquia en un mundo de falsedades
Se habla mucho desde hace mucho del fin de los toros,
pero lo cierto es que la tauromaquia vive un momento cumbre. Ya el papa
Pío V los prohibió en su bula Salutis Gregis Dominici de 1567,
conocida como Super prohibitione agitationis Taurorum & Ferarum.
También establecieron prohibiciones o restricciones los reyes borbones Felipe
V, Fernando VI y Carlos III en el siglo XVIII. Las de hoy en Cataluña,
México, Colombia o Ecuador las tenemos presentes. Los intentos de
terminar con los toros han sido varios, pero, pasado un tiempo, resultaron
infructuosos y las fiestas de toros volvieron a celebrarse; incluso tuvieron
lugar durante las restricciones porque se utilizó todo tipo de subterfugios
para saltárselas. La gente quería toros, quiere toros. Un ejemplo
reciente es el éxito notable con que han vuelto a las Islas Baleares o a
ciudades en que se prohibieron como Gijón.
En Francia, de Bayona a Nimes, pasando por Mont de
Marsan y Béziers, las corridas se celebran con regularidad y presencia amplia
y entusiasta de aficionados. En España, vivimos el Momento
morantista, que ha supuesto un incremento mayúsculo de público en
las plazas y un progresivo acercamiento de los jóvenes a los festejos. Debemos
preguntarnos por qué, sobre todo en una circunstancia en la que el
discurso animalista parece triunfante.
Tengo la respuesta: la autenticidad, la verdad, el arte y
la estética que la gente siente cuando acude a una plaza,
bien si se ha educado en la cultura taurina o bien si es capaz de despojarse de
los prejuicios antitaurinos y deja que la belleza penetre en su espíritu. Esta
autenticidad confronta claramente con un mundo en el que predominan las
falsedades, las fake-news, los hechos alternativos, en fin: la
mentira. He utilizado el verbo sentir con toda la intención. Se puede
racionalizar perfectamente el gusto por los toros que sentimos cada uno de
los que disfrutamos de la tauromaquia, el placer de ver torear bien y de disfrutar
de todo lo que rodea al orbe taurino, desde la tienta en el campo hasta la tertulia
después de la corrida, pero este gusto es, sobre todo, un sentimiento.
En los toros, la autenticidad predomina sobre la mentira,
aunque pueda parecer lo contrario por la excentricidad de los trajes y de
los ritos, que son expresión fidedigna de la historia y evolución de la
tauromaquia. Nada es superficial, nada es imprevisto, todo está pensado
y medido, todo sigue unas normas, desde la colocación de los toreros en el
tercio de banderillas al tiempo que transcurre entre que el torero da el primer
muletazo y suena el primer aviso, el segundo, el tercero.
Es difícil no recurrir a los tópicos: todo el que se pone
delante de un toro sabe que está jugando con la muerte, que se está jugando
la vida porque la muerte es una posibilidad cierta. En un mundo en que
ocultamos la muerte o la maquillamos con referencias eufemísticas como la
expresión “una grave enfermedad”, en los toros la muerte aparece de verdad, en
los toros se muere de verdad, como dicen que le dijo Cúchares al actor
Julián Romea –nos recordaba hace un tiempo mi amigo Alejandro del Río Herrmann
en una tercera de ABC titulada precisamente “Aquí se muere de verdad” –.
La muerte está ahí. ¡Qué bien lo expresó Lorca en su Llanto
por Ignacio Sánchez Mejías! Entiendo que este jugar con la muerte no les
guste a muchos, especialmente a los preocupados por la muerte del toro y no por
la del torero, posición que comprendo porque éste juega con ella de forma
voluntaria e intenta sortearla, mientras que el toro se la encuentra sin
buscarla, se le impone.
Sería absurdo obviar que en las corridas de toros se ejerce
violencia contra el animal, pero el buen aficionado lo que quiere es que esa violencia sea la
mínima imprescindible para ahormar la embestida del toro, es decir –lo
digo para los no entendidos–: para que el toro llegue a la muleta en una
condición toreable y pueda ejecutarse, al final, la suerte suprema. Porque no
nos gusta que se ejerza contra el toro una violencia innecesaria o gratuita,
los buenos aficionados pitamos cuando al toro se lo pica mal, se lo banderillea
mal, o se lo mata mal; lo que queremos es que el toro sufra lo mínimo y,
cumplida la lidia, muera de forma rápida, por eso se lo apuntilla nada más
echarse, y también se pita si se hace mal. Asimismo, pitamos cuando se
afeita al toro y no se lo presenta en las condiciones óptimas para que su
lucha contra el torero sea igualitaria con los pitones en toda su
integridad. Ya, ya sé, que si no hubiera corridas de toros no se produciría
esta violencia, pero lo que está claro es que sin esta violencia no
habría toros, no existiría la raza de toros bravos porque el toro no sabe
embestir, hay que enseñarlo, hay que ir preparando su condición para que el
torero pueda torearlo y, finalmente, entrar a matar.
A mí me sigue impresionando que se pueda amoldar la
embestida de un animal fiero para que se realice una composición estética
con los trastos. Cuando un torero es capaz de, con un natural, llevar al toro
hasta donde su brazo le permite, más allá de la cadera, y abrochárselo para
conseguir la ligazón con otro natural o con un pase de pecho de remate, no sólo
muestra una sabiduría en su buen hacer, una pericia técnica aprendida, sino que,
detrás de cada natural, de cada trincherazo, de cada verónica, de cada chicuelina,
de cada tafallera hay una experiencia centenaria, un conocimiento histórico
aplicado a la condición de cada toro. La selección genética ha hecho que
cada vez haya más toros toreables. Hoy, de forma absurda, algunos
asistentes a las corridas de toros, no muy bien informados ni buenos
aficionados, pitan cuando un toro no se puede torear normalmente porque es
manso o porque es una alimaña, que diría el maestro Ruiz Miguel. Cada toro
tiene su lidia y es muy bonito ver cómo el torero se sobrepone a la actitud
de un toro que no se deja torear, bien porque elude la pelea o bien porque se
queda parado en los tobillos del torero o calamochea sin parar. En
circunstancias así, hay también mucha autenticidad si se torea bien porque, en
este tipo de lidia, el juego con la muerte se palpa de una forma más nítida. Todos
recordamos la lidia de Joselito a un manso en Las Ventas cuando el 2 de mayo de
1996 se encerró con seis toros. Quien pita a estos toros no entiende. Hoy salen
más toros toreables que nunca, pero si todos fueran como Cobradiezmos, llegaría
un momento en que nos aburriríamos. Lo interesante es que cada toro sea
distinto y tenga su faena, no que la lidia se homogenice de tal manera que cada
tarde sea una repetición insulsa. El maestro Rafael Ortega decía no
sin ironía que prefería un toro manso para correr detrás de él que un toro
bravo para correr delante. Un buen amigo suyo, el filósofo José Ortega y
Gasset decía de los toreros lo que he dicho de los toros: que, si el torero
estuviese siempre bien, no iríamos a los toros, porque lo interesante es
ver cómo cada tarde el torero afronta las dificultades que le pone cada toro,
y cada tarde no se tiene el mismo ánimo, la misma disposición, la misma
claridad, el mismo ímpetu, el mismo temple. El filósofo lo compara con el
conferenciante que se pone ante un público y siente el miedo escénico de cómo
estará esa tarde. A Curro y a Paula íbamos a verlos a sabiendas de que podíamos
ver una verónica eterna, despaciosa, una faena de arte y pasión o una lluvia de
almohadillas como remate a una bronca.
En este afán de ocultar la muerte, algunos defienden
que con los toros se haga en España, Francia e Iberoamérica como en Portugal y
no se los mate en la plaza, aunque luego se los mate en los corrales. Lo
importante sería, por tanto, no que el toro no muera, sino que no veamos su
muerte, que nuestra conciencia se descargue de esa visión mortífera mientras
seguimos disfrutando de la tauromaquia. No me convence, pero sé que hay que
adaptarse a los tiempos. La tauromaquia lo ha hecho, por ejemplo, cuando se
puso el peto a los caballos para que éstos no murieran en el ruedo. Soy
partidario de reducir el tamaño de las puyas y conseguir que el toro sangre
menos en el tercio de varas. Se está probando. Esto permitiría que el toro
entrase más veces al caballo, y realzaríamos un tercio que ha decaído.
El topetazo con caballos que pesan más de 600 kg, bien pertrechados, hace que
este tercio pueda reorientarse sin que pierda su finalidad, aunque pienso que
es necesario que el toro sangre para ahormar su embestida, como señalan varios
estudios científicos y muchos veterinarios, por cierto, gente cuidadora de los
animales y no por ello dejan de ser aficionados a los toros aunque a algunos les pueda parecer contradictorio.
Se ha repetido tantas veces que parece inútil insistir en
esto una vez más frente al relato animalista: si no existieran los festejos taurinos, a
medio plazo desaparecería el toro bravo o quedaría reducido a una reliquia
en fincas de recreo. Nadie va a criar toros bravos, que es costosísimo, y no
producen de forma rentable carne para consumo, si no hay corridas de toros.
La raza de toros bravos, en cada una de sus muy diversas ramas, se ha ido
diseñando durante siglos a través de un proceso de selección genética que
busca su mejor condición para la lidia. Si al toro lo redujéramos a safaris
y zoológicos perdería su condición. ¿Prefieren esto los animalistas? ¿Su
desaparición? A mí me dan más pena las mascotas encerradas en pisos
pequeños y sacadas a pasear como bebés, restringiendo su vida al espacio de sus
dueños. Me gustan los animales libres en el campo, como antes se tenían en los
pueblos, no esas mascotas urbanitas que cogen cariño a sus dueños por el roce. Los
toros bravos viven en semilibertad en amplios espacios. Las vacas de cría y
los sementales pueden vivir más de 15 años hasta que mueren de forma natural o
se los sacrifica cuando han cumplido su finalidad o tienen una enfermedad
incurable. Los toros que se lidian en las plazas viven 3, 4 ó 5 años dependiendo
de si son novillos o toros, muy bien tratados en las dehesas. Es evidente que hay
una parte económica nada despreciable en la cría de ganado bravo y en todo lo
que rodea a la tauromaquia, que también se perdería si se prohibiesen las
corridas de toros. Muchos ignoran que los toros son lo más popular de
España, frente a esa imagen que pretende convertirlos en algo elitista y de
derechas, vinculándolos a la dictadura franquista. Los toros son populares, del
pueblo. Muchos confunden, además, a los animales con las mascotas y desconocen
la naturaleza violenta de la raza brava. Muchos toros se matan en el
campo en peleas entre ellos que intentan evitar los mayorales.
Volvamos al hilo de este artículo: la autenticidad de la
tauromaquia en un mundo en el que predomina la mentira. Esto es lo que hoy
justifica el éxito de los toros y lo que hace que muchos jóvenes, cansados
de tanta falsedad, vean en la tauromaquia algo diferente, algo excepcional,
distinto a lo que les rodea. La estética taurina es una de las
claves de esta autenticidad, empezando por el lenguaje taurino, siguiendo
por la belleza de los trajes y culminando en el arte del toreo:
la hermosura de la composición de un ramillete de verónicas y una media, de un
buen puyazo citando al toro de lejos y parándolo con la puya en todo lo alto y
el caballo echándose sobre el toro, de un par de banderillas asomándose al
balcón, de un derechazo enlazado con otro y con otro... En los toros, todo
se cuida, hay un esmero en que todo se presente con belleza, con una
estética hermosa hasta en los adornos de las mulillas que arrastran al toro
tras su muerte.
Hace unos años empecé un listado de palabras vinculadas a
la tauromaquia: los trajes de los toreros y sus colores, las gentes del
toreo, el tipo de pases con capote y muleta, la configuración de la cuerna, el
color de la piel, el comportamiento del toro, los distintos tercios, los
encastes, etc., etc. Lo inicié con idea
de escribir un poemario taurino, pero ya veremos si sale, si nos acompañan las
musas. Para algo servirá, además de para el propio deleite de ir recordando
nombres que aprendí con mi padre y escuchando las retransmisiones taurinas en
televisión y leyendo sobre toros. No convencimos a mi padre para que con su
pequeña editorial recuperásemos la cabecera del Madrid Taurino
que habían editado desde los años veinte su padre, Pedro Zamora Moll, y el hermano
de éste y tío de mi padre, Antonio Zamora Moll, que firmaba sus crónicas
taurinas como Ali-Muki. Me contó Yolanda Corrochano, nieta del famoso
crítico taurino Gregorio Corrochano y de Fernando G. Vela, fiel discípulo de
Ortega y Gasset y genial secretario de la Revista de Occidente en su
primera época, que su abuelo tomaba unas pastillas que llamaban “Ali-Muki”, y
sospechamos que era por mi tío abuelo.
Me ha extrañado comprobar las muchas palabras taurinas que
no están en el RAE o que, estando, no recogen la acepción con que son usadas
en el mundo taurino. Pongo algunos ejemplos: trastos, trebejos, alimaña,
trincherazo, tafallera, calamochear, vaina del pitón. Sugiero a la Real
Academia que cree una comisión para estudiar este tema, pues extraña que, en un
país como España, con su historia vinculada a los toros, muchas palabras taurinas
no se hayan visto recogidas en el diccionario que es máxima expresión de
nuestra lengua. Tengo pendiente una comprobación de las más de 300 que llevo
anotadas en mi libreta. No pretendo hacer un diccionario, para eso ya tenemos El
Cossío con más de 4.000 entradas, y otros buenos diccionarios taurinos, que
los hay. Bien podría esa comisión sugerida confrontar lo recogido en estos
diccionarios con el RAE.
Los toros se salvarán por su estética, su arte y su autenticidad. Llevo viendo toros desde niño. Mi
padre me llevaba varias veces al Batán y al “apartao” todos los años por San
Isidro, y asistíamos también juntos a algunas corridas. Asimismo visitaba con él
ganaderías para seleccionar vaquillas y toros que se lidiaban en las fiestas del pueblo, e íbamos a los
encierros, en Villarejo de Salvanés, y en los pueblos de los
alrededores. Más tarde, ya de mocete, empecé a ir con mis amigos a encierros y
corridas. Nunca dejé de sentarme delante del televisor junto a mi padre para
ver los toros, ni siquiera cuando lo visitaba en sus últimos meses de vida y ya casi no prestaba atención a la tele. Sabía
mucho de toros. Algunos se ríen cuando digo que mi verdadera vocación es ser
torero. Ahora el cuerpo ya no está para intentarlo y, antes, no me atreví, ni
mi padre fomentó aquella vocación, quizá sensatamente. Espero no ver el fin
de las corridas de toros y disfrutaré de ellas mientras pueda, como dijo Ramón
Pérez de Ayala hace ya más de un siglo. A ver si en el siguiente podemos
decir aún lo mismo.

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